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zos, y “bendiciéndolos, ponía sus manos sobre ellos.” No es esto la evocación litúrgica, aunque
está escueto en Mt. Y era gesto conocido en Israel.
El peligro de las riquezas, 19:16-26 (Mc 10:17-27; Lc 18:18-27).
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Acércosele uno y le dijo: Maestro, ¿qué de bueno haré yo para alcanzar la vida
eterna?
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El le dijo: ¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno solo es bueno; si
quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.
18
Díjole él: ¿Cuáles? Jesús res-
pondió: No matarás, no adulterarás, no hurtarás, no levantarás falso testimonio;
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honra a tu padre y a tu madre y ama al prójimo como a ti mismo.
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Díjole el joven:
Todo esto lo he guardado. ¿Qué me queda aún?
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Díjole Jesús: Si quieres ser per-
fecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos, y
ven y sígueme.
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Al oír esto el joven, se fue triste, porque tenía muchos bienes.
23
Y
Jesús dijo a sus discípulos: En verdad os digo que difícilmente entra un rico en el re-
ino de los cielos.
24
De nuevo os digo: es más fácil que un camello entre por el ojo de
una aguja que el que un rico entre en el reino de los cielos.
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Oyendo esto, los discí-
pulos se quedaron estupefactos, y dijeron: ¿Quién, pues, podrá salvarse?
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Mirán-
dolos, Jesús les dijo: Para los hombres, imposible; mas para Dios todo es posible.
El protagonista de esta escena es en Mc-Lc “uno”; en Mt (v.22) es un joven (νεανίσκος), que
además es una persona importante. Lc dice de él que era una persona importante, y lo determina
con un término amplio (αρχών), pero que supone tener alguna dignidad a no ser que le llame así
a causa de su influjo por sus riquezas (v.22). En Mt esta persona es un “joven,” que dice que to-
dos los mandamientos “los ha guardado.” En cambio, en Mc-Lc, dice que todo esto lo he guar-
dado “desde mi juventud.” Parecería, pues, que ya no era un joven. Es efecto de las “fuentes” y
de los procedimientos redaccionales.
Al preguntarle por “la vida eterna,” término característico del ambiente del cuarto evan-
gelio, se refiere a la fase “escatológica” final de ésta (Dan 12:2). ¿Piensa este joven — acaso
con tendencias de ”esenio” — en nuevas prácticas? ¿O quiere ver claro en aquel prolijo mar de
preceptos rabínicos? ¿Busca algo más que el “decálogo”? Es interesante considerar el título que
le da a Cristo, y que aparece modificado en los evangelios.
“Maestro, ¿qué cosa buena haré para alcanzar la vida eterna?” (Mt).
“Maestro bueno, ¿qué haré para lograr la vida eterna?” (Mc-Lc).
El cambio redaccional se advierte en Mtg, que acaso lo formula así para que no se desvirtúe en
sus lectores el sentido de divinidad adonde parece llevan con su calificativo Mc-Lc.
Cristo le replica que por qué le llama “bueno,” que sólo “uno es bueno” (Mt), o “nadie es
bueno, sino sólo Dios” (Mc-Lc). En la literatura rabínica se lee que, en determinadas circunstan-
cias, se ha de alabar a Dios, diciendo: “Bendito sea el Bueno y bienhechor”
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. ¿Qué pretende
Cristo con destacar que sólo es bueno Dios?
Críticas racionalistas pretenden que con ello Jesucristo niega o desconoce — conciencia
evolutiva — que El es Dios. Y valoran el texto de Mt como un arreglo artificioso para evitar que
Jesucristo evite rechazar el título de “bueno,” y, en consecuencia, evitar el situarse en una esfera
divina. Pero seguramente que estas palabras de Cristo llevan una intención especial. En la
literatura rabínica no se dio el título por antonomasia de “el bueno” a ningún rabino; sólo a título
excepcional, rabí Eleázaro (s.III) oyó en sueños: “Salud al rabí bueno de parte de Dios.”
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