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del enfermo. Fuera de este caso, los cuidados y cura del enfermo estaban casi del todo prohibi-
dos. Solamente se le podía prestar normalmente los auxilios y alimentos que tomaba una persona
normal
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.
Jesús responde primero con un argumento incontrovertible; luego, con la curación de
aquel paralítico.
La argumentación de Cristo es ésta: Si un hombre tiene una oveja y ésta cae en día de sá-
bado a un hoyo o en una de aquellas cisternas vacías disimuladas por el ramaje, su dueño obraba
lícitamente sacándola. Esto era lícito, según sus interpretaciones, incluso en día de sábado
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.
Cristo saca la conclusión: “un hombre vale más que una oveja; luego es lícito hacer bien en sá-
bado” (Mt).
Y esto lo rubrica. Dice al paralítico: “Levántate y ponte en medio” (Lc-Mc). Seguramente
desde donde enseñaba, hace a los escribas y fariseos — a quienes veía en suspenso — la pregun-
ta de arriba: “¿Es lícito hacer en sábado el bien o el mal, salvar una vida o matarla?” Ellos “ca-
llaban,” porque veían que la argumentación de Cristo, de menos a más, absolutamente probativa
— de tipo rabínico ”a fortiori” —, era interpretar el verdadero contenido de la Ley. Por ello con-
cluye: “Es lícito hacer bien en sábado,” y, dirigiéndose a aquel hombre, le dio la orden de “ex-
tender” la mano, y sanó al punto.
Al obrar así, acusaba que Dios aprobaba la doctrina; y, al legislar El mismo, con autori-
dad propia sobre el sábado, aparecía en la misma esfera de esta institución. Y el sábado, ¿quién
podría alterarlo o interpretarlo sino Dios? “El Hijo del hombre es Señor del sábado,” el Kyrios,
con cuya expresión la Iglesia primitiva proclama la divinidad de Cristo.
Esta escena, lo mismo que la anterior, es de carácter polémico. Parecen reflejar, en su
conservación evangélica, el especial interés contra los “judaizantes” de la Iglesia primitiva (Gal
4:10; Col 2:16).
Fariseos y escribas “se enfurecieron” y “discutían entre sí qué deberían hacer con Jesús”
(Lc). Para ello tomaron contactos insistentes
n
con los “herodianos” (Mc) para “perderle,” hacer-
le morir. Buscaban el apoyo de estos últimos en la región del tetrarca Herodes Antipas, acaso
para poder unirse a él y llevarle a Jerusalén, restaurando la unidad nacional. Por su parte, los
herodianos se prestaban de buena gana a hacer desaparecer a aquel Mesías que tan honda con-
moción despertaba y que tantos seguidores tenía, pues temían que pudiese impedir su restaura-
ción herodiana
12
. La omisión de este tema de los “herodianos” en Mt-Lc acaso se deba a que en
la época de la composición de estos evangelios ya no se recordaba este partido desaparecido,
pues Agripa I murió el 44. Si Mc lo conserva, acaso se deba a las “fuentes” que lo insertan aún y
él retiene.
La Obra Benéfica de Cristo: Su Mansedumbre y Humildad Predichas por Isaías,
12:15-21 (Mc 3:7-12).
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Jesús, noticioso de esto, se alejó de allí. Muchos le siguieron, y les curaba a todos,
'
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encargándoles que no le descubrieran,
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para que se cumpliera el anuncio del
profeta Isaías que dice:
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“He aquí a mi siervo, a quien elegí; mi amado, en quien
mi alma se complace. Haré descansar mi espíritu sobre él y anunciará el derecho a
las gentes.
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No disputará ni gritará; nadie oirá su voz en las plazas.
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La caña cas-
cada no la quebrará, y no apagará la mecha humeante hasta hacer triunfar el dere-
cho;
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y en su nombre pondrán las naciones su esperanza.”
Ante este complot para perderle, Cristo se aleja de allí. Este conocimiento de Cristo es caracterís-
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