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Pero Cristo “toca” para curar. No podrá contagiarse de esta enfermedad ni contraer ninguna im-
pureza legal el que curaba las enfermedades y el que era “Señor del sábado” y de toda la Ley. Y
“al instante” desapareció la lepra y quedó “limpio” (Mc).
En varios códices se lee que Cristo, al ver al leproso, se “airó”; en otros, que, “compade-
cido,” lo cura. La primera lectura, de no ser primitiva, no se explicaría bien; de ahí su inserción
de la segunda. ¿Se referiría, acaso, al ver que el leproso transgredía tan abiertamente la Ley de
Moisés? (Lev 13:45.46). Mt y Lc omiten la “compasión” cuando la registran en otros casos (Mt
20:33; Lc 7:13). ¿Es por esto por lo que Mc dice que Cristo le despidió con una fuerte conmo-
ción de ánimo (έµβριµησάµενος)?
F. Mussner escribe: “No se enciende en ira sobre el poder de la muerte, como se sospe-
chaba, sino sobre la injusticia que se cometía en Israel contra los leprosos. Por eso Jesús extiende
la mano sobre el enfermo, así como, según la Biblia, Dios extiende la mano sobre alguien para
protegerlo. Con esto Jesús pone al enfermo bajo la protección de Dios, y por el contacto lo
pone en comunión con él” (Los milagros de Jesús [1970] p.32).
Se comprende la sorpresa, la gratitud y la reacción de aquel hombre al verse limpio, justi-
ficada su inocencia y hábil para volver a la sociedad y a su hogar. La explosión apuntaba. Y ante
ello Cristo, “con fuerte conmoción de ánimo” (cf. Jn 11:13), le ordena que no diga nada a nadie.
Debían de estar ellos dos solos o muy poca gente que no comprometía el peligro de divulgación,
en cuya medida de precaución pone al leproso curado. El proclamarlo en aquel ambiente de so-
breexcitación mesiánica no hubiera logrado más que hacer intervenir intempestivamente al sane-
drín (Jn 1:19-20) o, incluso, a la misma autoridad romana
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.
Luego le ordena que cumpla la Ley presentándose en el templo a los sacerdotes, que co-
mo personas más ilustradas podrían certificar la curación y aun darle por escrito un certificado de
ello. Y añade: “para que les sirva de testimonio a ellos” (αύτοΐς). Según el concepto que a este
propósito se dice en el Levítico (14:1-32), éste era un “testimonio” de la curación en forma de
sacrificio a Dios hecha a un y por un sacerdote, ya que es lo que prescribió Moisés y es a lo que
aquí se refiere. Sin embargo, en la fórmula “a ellos” es posible que no sea ajeno al deseo de Cris-
to enviar a aquellos sacerdotes o “corpus sacerdotale” un rayo más de luz mesiánica para
hacerles ver que había surgido un taumaturgo entre ellos en los días en que el cetro ya no esta-
ba en manos de Judá (Gen 49:10), y curando enfermos de todo tipo, lo, que era una señal de la
obra del Mesías (Is 5:35; 61:1; cf. Mt 11:5.6). Así la Ley venía a testimoniar la grandeza y obra
de Cristo.
El leproso curado, sin embargo, comenzó a pregonar su curación, creando dificultades a
Cristo para venir públicamente a las ciudades. Por lo que se retiraba a lugares desiertos, aunque
esto también lo hacía para darse a la “oración” (Lc 5:15.16).
Curación del siervo del centurión, 8:5-13 (Lc 7:2.-10; cf. Jn 4:46-53).
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Entrado en Cafarnaúm, se le acercó un centurión, suplicándole
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y diciéndole: Se-
ñor, mi siervo yace en casa paralítico, gravemente atormentado.
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El le dijo: Yo iré y
le curaré.
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Y respondiendo el centurión, dijo: Señor, yo no soy digno de que entres
bajo mi techo: di sólo una palabra, y mi siervo será curado.
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Porque yo soy un su-
bordinado, pero bajo mi tengo soldados y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y vie-
ne; y a mi esclavo: Haz esto, y lo hace.
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Oyéndole Jesús, se maravilló, y dijo a los
que le seguían: En verdad os digo que en nadie de Israel he hallado tanta fe. Os di-
go, pues, que del Oriente y del Occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abra-
ham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos,
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mientras que los hijos del reino serán
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