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Junto con la Ley, se suponía que Dios había comunicado a Moisés una “Ley oral,” que se
transmitía siempre por una cadena ininterrumpida de testigos. Basado en esto venían tam-
bién las interpretaciones jurídicas de la Ley, dadas por diversos rabinos. Y, aunque no siempre
eran deducciones del texto sagrado, sino que se las incluía en la cadena de la tradición para dar
valor a ciertos usos, sin embargo, el argumento de los rabinos se consideraba no sólo como inter-
pretación auténtica de la Ley, sino que Dios aprobaba todas estas decisiones. La “Ley oral” era
un dogma del judaísmo. Se suponía que esta Ley oral se dio para mejor mantener la Escritura.
Pero las prescripciones rabínicas a este propósito llegaron incluso a desvirtuar el mismo sentido
de la Ley. La estima por la Ley oral llegará hasta tal punto, que se dirá de ella por algunos rabi-
nos que las palabras de los rabinos y de los escribas son superiores a las de la misma Ley — To-
rah — y más amadas de Dios
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. Violar sus prescripciones es más grave que violar la Torah. No
obstante, para esto necesitaban estar respaldadas estas tradiciones por una larga cadena de rabi-
nos
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.
Encuadrada en estas “tradiciones” estaba la prescripción de tener numerosas “purifica-
ciones.” El Talmud tiene uno de sussedarim (“órdenes,” partes) dedicado a toda clase de “purifi-
caciones.” Y entre ellos tiene un tratado, Yadayím (“manos”), dedicado exclusivamente a la puri-
ficación legal de las manos. La casuística y ridiculez acumulada sobre esto son verdaderamente
abrumadoras. Se llamaba esta acción netilah yadaím, “elevar las manos,” y era distinta del lava-
do higiénico ordinario de las manos, que se decía rehisah, “el lavado.” Este rito de purificación
legal tenía dos partes: “primer agua” y “segunda agua.” Para cada lavado hacía falta un cuarto de
log (sobre 0:6 de litro). Se podía hacer en un recipiente cualquiera, pero no se podía hacer con la
concavidad de la mano. Era necesario que se vertiese el agua sobre las dos manos. Si se hacía
primero sobre una, Y había que tener cuidado que la mano purificada no se hiciese impura to-
cando a la otra antes de estar purificada. El agua, para la purificación, debía ser pura y no haber-
se empleado en otros menesteres. La mano que no hubiese sido lavada hasta la muñeca no estaba
purificada. Para que la purificación fuese verdaderamente pura, había que verter el agua primero
sobre la mano. Pero como esta agua quedaba impura por el contacto con la mano impura, había
luego que volver a verter más agua que purificase las gotas impuras que hubiesen quedado. Por
otra parte, si el agua de la purificación tocaba el antebrazo, había peligro que, al verter la segun-
da vez el agua, la que había quedado en el antebrazo pudiese deslizarse sobre la mano, haciéndo-
la así impura. Y para esto se resolvió por la casuística rabínica el hacer las dos purificaciones te-
niendo los dedos y las manos hacia arriba en las dos purificaciones
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. Esto es el exponente de una
religiosidad que tendía una tela de araña sobre todos los actos humanos y una serie de trampas,
que hacían la religión tan insoportable como odiosa.
Y, sin embargo, los rabinos daban un valor excepcional a estas “purificaciones” de cosas
y de manos. Sobre ésta pueden verse algunas sentencias de ellos.
“Si alguno come pan (realiza sus comidas) sin lavarse las manos, es como si fuese a casa
de una mujer de mal vivir.” “Quien desprecia la purificación de las manos (de ese tipo), será ex-
tirpado del mundo.” “Hay demonios encargados de dañar a los que no se lavan las manos (reli-
giosamente) antes de las comidas.” Un rabino llamado Eleázaro, que despreció esta purificación,
fue excomulgado por el sanedrín, y, después de muerto, se colocó una gran piedra en su féretro
para indicar que había merecido la pena de la lapidación
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.
Jesucristo no responde a la pregunta — insidia — de los fariseos, sino que toma el pro-
blema de más arriba, haciéndoles ver la situación moral de algunas de estas “tradiciones” frente a
la misma ley divina. Mientras en Mc el mismo contenido reviste una forma más narrativa, más
expositiva, en Mt está formulada como un fuerte contraataque a la insidia farisaica. Ellos critican
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