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éste, “entró en una casa” (Mc). Parecía sugerir la de algún judío conocido
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. Pero podría ser al-
gún gentil de los que le habían escuchado.
Cristo, al retirarse a esta región, o extremidades de Galilea, debe de ir buscando el reposo
para sus discípulos que no pudo encontrar en la región de Betsaida (Mc 6:31), y pasar con ellos
unos días de formación y coloquios sobre el Reino. Pero tampoco aquí lo logró (Mc). El país de
Tiro tocaba con Galilea del Norte
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. Y de los “alrededores de Tiro y Sidón” habían escuchado a
Cristo en Galilea, junto al Lago, y habían presenciado muchas curaciones (Mc 3:8.11). Mt dirá,
con motivo de la actividad de Cristo en Galilea, que se había “extendido su fama por toda Siria”
(Mt 4:24).
La noticia de su llegada se supo pronto, y entre los que se enteraron había una mujer, que
era, según Mt, “cananea,” y según Mc, “griega de origen siró-fenicio.”
La denominación de Mt, llamándola cananea, acaso mire solamente a indicar que no era
judía, gentil, sino que la quiere señalar con la toponimia de los primeros habitantes de Fenicia,
que fueron cananeos (Gen 10:15). Pero la denominación de Mc es mucho más precisa. Esta mu-
jer era helénica (έλληνι'ς); con ello se expresa seguramente su lengua y religión. Y por su origen
era siró-fenicia. Desde Pompeyo (64 a.C.), Fenicia quedó convertida en provincia romana incor-
porada a Siria. Ser siró-fenicia
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quiere decir fenicia perteneciente a la provincia romana de Si-
ria, para distinguirla de los fenicios de Libia: de los “libio-fenicios,” de los que habla Estrabón
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.
Esta mujer, viniendo al encuentro de Cristo, se “echó a sus pies” (Mc); y gritando al mo-
do oriental, le pide la curación de su hija, llamándole “Hijo de David.” Este título era mesiánico
(Mt 21:9) y estrictamente judío. ¿Cómo esta mujer cananea emplea este calificativo de uso tan
local? Lo más lógico es que sea un préstamo literario de Mt, aunque no repugnaría que fuese un
eco de aclamaciones anteriores de las turbas, entre las que había gentes de estas regiones (Mc
3:8).
Esta mujer, conforme al medio ambiente, atribuye el mal de su hija a un demonio. La sola
expresión no basta para dictaminar si se trata de una verdadera posesión diabólica o de simples
modos populares y crédulos de valorar así las enfermedades (1 Sam 16:14.23; 18:10; 19:9).
La mujer insistía mucho con sus gritos orientales, tanto que los discípulos le ruegan la
despida. Posiblemente el término sugiera que le haga gracia (Mt 18:27; 27:15s; Lc 2:29; 13:12;
14:4). Pero Cristo tarda en responder: era la espera para excitar la fe.
La respuesta primera de Cristo es que El había sido enviado personalmente a las gentes
de Israel que están caídas por la desorientación mesiánica farisaica. No era más que el plan de
Dios. El judío no sólo tenía una primacía, por razón geográfica, para venir a la fe, sino también
por razón de privilegio: por descender de los ”padres,” y por haber tenido las “revelaciones”
(Rom 3:1.2; 9:4-6). Los apóstoles llevarían la fe hasta lo “último de la tierra” (Act 1:8). Mc omi-
te esto, porque escribiendo para un público gentil interesaba menos destacar el privilegio judío.
“No está bien tomar el pan de los hijos (éste es Israel, Ex 4:23; Is 1:2; Jer 31:20; Os 11:1)
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y echárselo a los perrillos (gentiles) (Mt). Marcos, escribiendo para étnicos, transcribe la frase
diciendo que “primeramente” deje que atienda a los “hijos.” Con ello, la frase queda suavizada y
literariamente universalizada. No era un rechazar de plano, pues dice que “primero” atiende a
Israel. Y añadió lo siguiente, que parecería muy duro: “porque no está bien tomar el pan de los
hijos y darlo a los perrillos.” Mt sólo recoge esta segunda forma; Mc, las dos. La literatura judía
conoce esta expresión metafórica de “perros.” Con ella se denominaban a veces los dioses paga-
nos
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; otras, las naciones gentiles, los no judíos
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.
Se ha hecho ver cómo esta expresión en boca de Cristo no tiene la crudeza que parece pa-
ra una mentalidad occidental. Estas expresiones y otras más duras no extrañan en el grafismo
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